Las Analectas de Confucio, soberano sin corona

Tra­ducido del fran­cés

« Sin esta clave fun­da­men­tal [Las Ana­lec­tas], no se po­dría te­ner ac­ceso a la civi­liza­ción chi­na. Y quien ig­no­rase esta civi­liza­ción no po­dría ja­más al­can­zar sino una in­teli­gen­cia par­cial de la expe­rien­cia hu­ma­na. »

Con­fucio. Les En­tre­tiens de Con­fucius (Las Ana­lec­tas de Con­fucio), trad. del chino por Pie­rre Ryck­mans, pref. de René Étiem­ble. Pa­rís: Ga­llimard, col. « Con­naiss­ance de l’Orient », 1987.

La his­toria del pen­sa­miento ofrece po­cos ejem­plos de una in­fluen­cia tan exten­dida y tan du­ra­dera como la del Ve­ne­rado Ma­es­tro Kong o Kon­gfuzi1For­mas re­cha­za­das:
Cong fou tsëe.
Krong-fou-tsé.
K’ong-fou-tseu.
Kong-fou-tze.
Khoung-fu-tzée.
Khoung-fou-dze.
Cung-fou-tsée.
Khung-fu-dsü.
Kung-fu-tsu.
Kung fu-tzu.
Cun-fu zu.
Cum-fu-çu.
. Si ha de juz­garse su gran­deza por la hue­lla profunda que ha im­preso so­bre to­dos los pueblos de Asia orien­tal, se le puede cier­ta­mente nom­brar « el más grande pre­cep­tor […] que los siglos ha­yan ja­más producido ». Es en sus Analectas (Lunyu)2For­mas re­cha­za­das:
Analectes.
Dialogues.
Les An­na­les.
Les Pro­pos.
Les En­tre­tiens phi­lo­so­phiques.
Les Dis­cus­sions phi­lo­so­phiques.
Le Li­vre des en­tre­tiens ou des dis­co­urs mo­raux.
Dis­co­urs et pa­ro­les.
Aphorismes.
Con­ver­sations avec ses dis­cip­les.
Liber sen­ten­tia­rum (El Libro de las sen­ten­cias).
Ra­tio­ci­nan­tium ser­mo­nes (Las Con­ver­sacio­nes de los ra­cio­na­lis­tas).
Dis­sertæ sen­ten­tiæ.
Lén-yù.
Luen yu.
Louen yu.
Loung yu.
Lien-yu.
Liun iu.
Liun-ju.
Loun-yu.
Loun iu.
Lún-iù.
No con­fun­dir con:
Les En­tre­tiens fa­mi­liers de Con­fucius (Las Con­ver­sacio­nes fa­mi­lia­res de Con­fucio) (Kongzi jiayu) que for­man una es­pe­cie de sup­le­mento he­te­ro­doxo al re­co­pi­la­torio de las Analectas.
donde es­ta­llan su ar­diente amor de la hu­ma­ni­dad y su mo­ral su­bli­me, be­bida en las fuen­tes del buen sen­ti­do; es allí donde se ma­ni­fiesta su cons­tante afán de devol­ver a la na­tura­leza hu­mana ese pri­mer lus­tre re­cibido del Cielo, pero os­cure­cido por las ti­nieblas de la ig­no­ran­cia. No sor­pren­de­rá, pues, que los pa­dres je­suitas, que lo die­ron a co­no­cer y a ad­mi­rar a Europa bajo el nom­bre la­ti­nizado de Con­fucio, con­cibie­ran por él un en­tu­siasmo igual al de los chi­nos. Vie­ron en sus Analectas las per­las de China o algo de ma­yor pre­cio aún, pues pre­tio­sior est cunc­tis opibus [s­apien­tia] (la sa­bi­du­ría es más pre­ciosa que las per­las)3Pr 3,15 (t­rad. La Bible: tra­duc­tion offi­cie­lle litur­gique (La Biblia: tra­duc­ción ofi­cial litúr­gica)).. Y con­cluye­ron que « es­tas en­señan­zas no son so­la­mente bue­nas para las gen­tes de Chi­na, sino […] que hay po­cos fran­ce­ses que no se es­ti­ma­ran […] muy afor­tu­na­dos si pudie­sen re­ducir­las a prác­tica ». El pro­pio Vol­tai­re, con­quis­ta­do, colgó en su ga­bi­nete un re­trato del sa­bio chi­no, al pie del cual puso es­tos cua­tro ver­sos:

« De la sola ra­zón salu­da­ble in­tér­pre­te,
Sin des­lum­brar al mun­do, ilumi­nando los es­píritus,
No ha­bló sino como sa­bio y ja­más como profe­ta;
Sin em­bargo se le creyó, y aun en su país. »

Vol­tai­re. « De la Chine » (« De China »). Œuvres com­plètes de Vol­taire (Obras com­ple­tas de Vol­taire), vol. 40, Ques­tions sur l’En­cyclo­pédie, par des ama­teurs (Cues­tio­nes so­bre la En­ci­clo­pe­dia, por afi­cio­na­dos), IV, César-Égalité. Oxford: Vol­taire Foun­da­tion, 2009.

La Evidencia de la recta razón

Con­side­rada bajo el do­ble as­pecto de la mo­ral y de la po­líti­ca, la doc­trina de Con­fucio se com­para con la que Só­c­ra­tes en­señaba ha­cia la misma épo­ca. « Amigos de la ra­zón, ene­migos del en­tu­siasmo » (Vol­tai­re), Con­fucio y Só­c­ra­tes han reves­tido la sa­bi­du­ría an­ti­gua de esa dul­zura, de esa eviden­cia, de esa calma capa­ces de to­car los es­píritus más ru­dos. Ja­más, aca­so, fue el es­píritu hu­mano más dig­na­mente repre­sen­tado que por es­tos dos hom­bres. Supe­rio­res por su fi­lo­so­fía, no lo eran me­nos por su jui­cio. Así, sa­bían siem­pre hasta dónde hay que ir y dónde hay que de­te­ner­se. Y si, con to­do, se apar­ta­ban del recto ca­mi­no, su buen sen­tido los vol­vía a él, en lo que tie­nen una con­side­ra­ble ven­taja so­bre mu­chos fi­ló­so­fos de nues­tro tiempo que tie­nen ra­zo­na­mien­tos tan en­re­da­dos, tan fal­sos, suti­lezas tan es­pan­tosas, que ape­nas logran com­pren­derse a sí mis­mos. « El Ma­es­tro di­jo: “Na­die pen­sa­ría en salir sino por la puer­ta. ¿Por qué las gen­tes bus­can ca­mi­nar fuera de la Vía?” » (VI.17)

Se la­men­ta­rá, pues, la opi­nión de He­gel quien, no ha­llando en Las Ana­lec­tas nin­guno de esos ext­ravíos que él lla­maba fi­lo­so­fía, zanjó con una pa­la­bra te­rrible: « más ha­bría va­lido para la reputa­ción de Con­fucio que no se hu­biese tra­ducido su obra »4He­gel, Georg Wilhelm Frie­dri­ch. Leçons sur l’his­toire de la phi­lo­so­phie (Lec­cio­nes so­bre la his­toria de la fi­lo­so­fía), trad. del ale­mán por Jean Gibe­lin. Pa­rís: Ga­llimard, 1954.. Este des­pre­cio todo ger­má­nico es tanto más ext­raño cuanto que Ale­ma­nia po­see, con las Con­ver­sacio­nes de Goe­the, un libro emi­nen­te­mente pr­óximo a la vez por su serena be­lleza y por la pre­sen­cia viviente de un Ma­es­tro. ¡Que no haya en­ga­ño! Juz­gar a Con­fucio in­digno de ser tra­ducido es re­cha­zar la ra­zón misma — « esa ver­dad in­te­rior que está en el alma de to­dos los hom­bres, y que nues­tro fi­ló­sofo con­sul­taba sin ce­sar [pa­ra] con­ducir to­das sus pa­la­bras » (Jean de La­bru­ne).

La Vía del sabio

Como tan­tos ot­ros « preceptores » del gé­nero hu­ma­no, como el Buda en la In­dia, Za­ra­tus­tra en Per­sia, Con­fucio no era un es­critor, sino un Ma­es­tro que dejó a sus dis­cípulos el cui­dado de trans­cribir sus en­señan­zas. Por lo de­más, ajeno a los gran­des dis­cur­sos y a la elocuen­cia des­pla­za­da, prefe­ría una ac­ti­tud re­co­gi­da, « como la de un mú­sico in­cli­nado so­bre su ins­tru­mento para ext­raer las más be­llas melodías »5Se­gún la lumi­nosa imagen de An­toi­ne-Joseph Ass­af.. Lle­gaba a ve­ces hasta sus­pi­rar: « Qui­siera no ha­blar más ». A los dis­cípulos que se con­mo­vían por sus si­len­cios, rep­li­caba con una majes­tad casi cós­mi­ca: « ¿A­caso ha­bla el Cielo? Sin em­bargo las cua­tro es­ta­cio­nes siguen su cur­so, sin em­bargo las cien cria­turas na­cen. ¿A­caso ha­bla el Cielo? » (XVI­I.19)

De­cla­raba humil­de­mente a quien qui­siera oír­lo: « Yo trans­mito, nada in­vento […] y amo la An­ti­güe­dad » (VI­I.1). Ese papel de trans­mi­sor de los ritos (li), del sa­ber (zhi), del sen­tido de hu­ma­ni­dad (ren), lo cum­plía con en­tre­ga, con dig­ni­dad; no sin pa­sar por profun­dos aba­ti­mien­tos, sa­biendo cuán « pe­sada es su mi­sión, y cuán larga su ruta » (VI­I­I.7). Sin em­bar­go, se alen­taba al pen­sa­miento de cum­plir un ver­da­dero man­dato celes­te: « El rey Wen ha muer­to. Ahora, ¿no soy yo quien está in­ves­tido del depó­sito de la civi­liza­ción? Si el Cielo hu­biera jurado su pér­di­da, ¿por qué lo ha­bría con­fiado a un mor­tal como yo? Y si el Cielo ha de­cidido pre­ser­var este depó­sito, ¿qué he de te­mer de las gen­tes de Kuang? » (IX.5)

El Imperio de la virtud

Una pa­la­bra fre­cuente en Las Ana­lec­tas es la de « hom­bre ho­nesto » (junzi), que de­sig­naba origi­nal­mente a un gen­tilhom­bre na­cido de no­ble raza y fa­mi­lia, pero a quien Con­fucio da un sen­tido nuevo sus­ti­tuyendo la aris­to­c­ra­cia del co­ra­zón a la de la san­gre. El hom­bre de ca­li­dad ya no se define por el na­ci­miento que recibe de ma­nos del azar, sino por la eleva­ción mo­ral y la sen­sibi­li­dad que adquiere gra­cias al es­tudio6Como lo re­cuerda Cyri­lle Ja­va­ry, Fran­cia ha­brá de es­pe­rar vein­ti­trés siglos des­pués de Con­fucio para ver a Fí­ga­ro, el ayuda de cámara del con­de, rei­vin­di­car sen­ti­mien­tos de igual­dad y de revan­cha contra los privi­le­gios de su amo: « Señor conde […]. Por­que sois un gran señor, ¡os creéis un gran ge­nio!… No­bleza, for­tu­na, un ran­go, car­gos; ¡todo eso vuelve tan or­gu­llo­so! ¿Qué ha­béis he­cho para me­re­cer tan­tos bien­es? Os tomas­teis la mo­les­tia de na­cer, y nada más. Por lo de­más, ¡hom­bre bas­tante or­di­na­rio! Mien­tras que yo », etc.. Se­mejante a « la es­tre­lla Po­lar » (I­I.1), in­muta­ble y cen­tral, no se preo­cupa de no ser advertido; busca más bien ha­cer algo notable: « El Ma­es­tro di­jo: “No es una des­gra­cia ser des­co­no­cido por los hom­bres, pero es una des­gra­cia des­co­no­cer­los” » (I.16). ¿Dónde ha­llar una máxima más be­lla, una in­dife­ren­cia más grande res­pecto a la gloria y a los éxitos? ¿Qué im­por­ta, en defi­niti­va, que Con­fucio haya per­ma­ne­ci­do, toda su vi­da, un so­be­rano sin co­ro­na? Ha edi­fi­cado un Im­pe­rio cuyas fron­te­ras in­vi­sibles se extien­den hasta las de la hu­ma­ni­dad.


Para ir más lejos

En torno a Las Analectas de Confucio

Citas

« 子曰:「不知命,無以爲君子也;不知禮,無以立也;不知言,無以知人也。」 »

論語 en Wiki­so­urce 中文, [en lí­nea], con­sul­tado el 15 de abril de 2026.

« Con­fucio di­jo: “Quien no co­noce el des­tino no puede vivir como hom­bre ho­nes­to. Quien no co­noce los ritos no sabe cómo com­por­tar­se. Quien no co­noce el sen­tido de las pa­la­bras no puede co­no­cer a los hom­bres”. »

Con­fucio. Les En­tre­tiens de Con­fucius (Las Ana­lec­tas de Con­fucio), trad. del chino por Pie­rre Ryck­mans, pref. de René Étiem­ble. Pa­rís: Ga­llimard, col. « Con­naiss­ance de l’Orient », 1987.

« El Ma­es­tro di­jo: “Quien no co­noce su suerte no sa­bría ser un hom­bre de bien; quien no co­noce los ritos no sa­bría man­te­ner su ran­go; quien no co­noce el sen­tido de las pa­la­bras no sa­bría juz­gar a los hom­bres”. »

Con­fucio. Les En­tre­tiens de Con­fucius et de ses dis­cip­les (Las Ana­lec­tas de Con­fucio y de sus dis­cípulos), trad. del chino por Jean Levi. Pa­rís: A. Mi­chel, col. « Spi­ritua­lités vivan­tes », 2016; reed. bajo el tí­tulo Entretiens (Analectas), Pa­rís: Les Be­lles Le­tt­res, 2019.

« El Ma­es­tro di­jo: “Quien no re­co­noce el de­creto celeste no sa­bría ser hom­bre de bien. Quien no po­see los ritos no sa­bría afir­mar­se. Quien no co­noce el va­lor de las pa­la­bras no sa­bría co­no­cer a los hom­bres”. »

Con­fucio. Les En­tre­tiens (Las Ana­lec­tas), trad. del chino por Anne Cheng. Pa­rís: Éditions du Seuil, col. « Po­in­ts. Sages­ses », 1981.

« Con­fucio di­jo: “Sin co­no­ci­miento del des­ti­no, no se sa­bría lle­gar a ser un hom­bre de ca­li­dad. Sin co­no­ci­miento de la cor­tesía, no se sa­bría ate­nerse a él. Sin co­no­ci­miento del sen­tido de las pa­la­bras, no se po­dría com­pren­der a los hom­bres”. »

Con­fucio. Les En­tre­tiens de Con­fucius et de ses dis­cip­les (Las Ana­lec­tas de Con­fucio y de sus dis­cípulos), trad. del chino por An­dré Lévy. Pa­rís: Fla­mma­rion, col. « GF », 1994.

« Con­fucio di­jo: “Si no se co­noce el des­ti­no, nada per­mite ser un hom­bre de bien. Si no se co­no­cen los ritos, nada per­mite es­ta­ble­cerse en la so­cie­dad. Si no se co­noce el sen­tido de las pa­la­bras, ¡nada per­mite co­no­cer a los hom­bres!” »

Phi­lo­so­phes con­fucia­nis­tes (Fi­ló­so­fos con­fucia­nos), trad. del chino por Char­les Le Blanc y Rémi Ma­thieu. Pa­rís: Ga­llimard, col. « Biblio­thèque de la Pléiade », 2009.

« El fi­ló­sofo di­jo: “Si uno no se cree en­car­gado de cum­plir una mi­sión, un man­da­to, no se puede ser con­side­rado como un hom­bre supe­rior.

Si no se co­no­cen los ritos o las leyes que rigen las rela­cio­nes so­cia­les, no se tiene nada para fi­jarse en su con­duc­ta.

Si no se co­noce el va­lor de las pa­la­bras de los hom­bres, no se los co­noce a ellos mis­mo­s”. »

Con­fucio y Men­cio. Les Qua­tre Li­vres de phi­lo­so­phie mo­rale et po­litique de la Chine (Los Cua­tro Libros de fi­lo­so­fía mo­ral y po­lítica de China), trad. del chino por Gui­llaume Pauthier. Pa­rís: Char­pen­tier, 1841.

« El Ma­es­tro: “Quien no co­noce el de­creto no sa­bría lle­gar a ser un hom­bre no­ble. Quien no co­noce los ritos no sa­bría man­te­ner­se. Quien no co­noce las pa­la­bras no sa­bría co­no­cer a los hom­bres”. »

Con­fucio. Le Li­vre de la sagesse de Con­fucius (El Libro de la sa­bi­du­ría de Con­fucio), trad. del chino por Eula­lie Steens. Mó­na­co; Pa­rís: Éditions du Ro­cher, col. « Les Grands Textes spi­rituels », 1996.

« El Ma­es­tro di­jo: “Quien no co­noce la vo­lun­tad del Cielo (la ley na­tural) no será ja­más un sa­bio. Quien no co­noce las re­glas y los usos no será cons­tante en su con­duc­ta. Quien no sabe dis­cer­nir lo ver­da­dero de lo falso en los dis­cur­sos de los hom­bres no puede co­no­cer a los hom­bres”. »

Con­fucio y Men­cio. Les Qua­tre Li­vres (Los Cua­tro Libros), trad. del chino al fran­cés y al la­tín por Sé­raphin Co­uvreur. Hejian: Im­prenta de la mi­sión ca­tóli­ca, 1895.

« Magis­ter ait: “Qui non cog­nos­cit Cæli man­da­ta, non ha­bet quo fiat sapiens vir. Qui non no­vit ritus, non ha­bet quo con­sis­tat, id est, non ha­bet cer­tam le­gem qua cons­tan­ter se di­rigat. Qui nes­cit dis­cer­nere (e­xa­mi­nare et æs­ti­ma­re) homi­num dic­ta, non ha­bet quo nos­cat homi­nes”. »

Con­fucio y Men­cio. Les Qua­tre Li­vres (Los Cua­tro Libros), trad. del chino al fran­cés y al la­tín por Sé­raphin Co­uvreur. Hejian: Im­prenta de la mi­sión ca­tóli­ca, 1895.

« El Ma­es­tro di­jo: “Quien no co­noce el de­creto celeste no sa­bría ser un hom­bre ho­no­ra­ble. Quien no co­noce las re­glas y los usos no sa­bría afir­mar­se. Quien no co­noce el sen­tido de los di­chos no puede co­no­cer a los hom­bres”. »

Con­fucio. En­tre­tiens du Maître avec ses dis­cip­les (Con­ver­sacio­nes del Ma­es­tro con sus dis­cípulos), trad. del chino por Sé­raphin Co­uvreur, rev. de la trad. y posf. de Muriel Ba­ryos­he­r-Che­mo­uny. Pa­rís: Éd. Mi­lle et une nuits, col. « Mi­lle et une nuits », 1997; reed. bajo el tí­tulo Pa­ro­les de Con­fucius, En­tre­tiens (Pa­la­bras de Con­fucio, Ana­lec­tas), Pa­rís: Hugo po­che, col. « Hugo po­che: sages­ses », 2023.

« Con­fucii effa­tum: “Nec sapien­tiam apprehen­de­re, qui Cæli le­gem; nec in vir­tute sta­re, qui rituum ho­nes­ta­tem; nec homi­nes po­test dig­nos­ce­re, qui ver­bo­rum ar­tem ig­no­ra­t”. »

Con­fucio y Men­cio. Si­nen­sis im­pe­rii libri cla­s­sici sex, trad. del chino al la­tín por François No­ël. Praga: per J. J. Ka­me­ni­cky, 1711.

« Con­fucio de­cía: “No se puede lle­gar a la sa­bi­du­ría si no se co­noce la ley del cielo, ni afir­marse en la vir­tud si se ig­no­ran los ritos de la ho­nes­ti­dad, ni dis­cer­nir a los hom­bres si no se sabe el arte de ha­bla­r”. »

Con­fucio y Men­cio. Les Li­vres cla­s­siques de l’Em­pire de la Chine (Los Libros clá­si­cos del Im­pe­rio de China), trad. in­di­recta del la­tín por François-An­dré-A­drien Pluquet, se­gún la de François No­ël. Pa­rís: de Bure; Ba­rrois aîné et Ba­rrois jeu­ne, 1784.

« Con­fucius aiebat: “Qui non s[c]it, adeo­que nec cre­dit dari Cœli man­da­tum et Providen­tiam, id est, qui non in­te­lli­git et cre­dit pros­pera et ad­ver­sa, vitam et mor­tem, etc. a Cœli nutu con­si­lio­que pen­dere (vel, ut ex­po­nunt alii, qui non cog­nos­cit lu­men ra­tio­nis cœlitus in­ditum esse mor­ta­libus, ad quod vitæ suæ ra­tio­nes om­nes com­po­nat, et quæ prava sunt, fugiat, quæ rec­ta, pro­se­qua­tur), vir hujus­modi profecto non ha­be­bit quo eva­dat probus ac sapiens; quin imo multa co­mmit­tet homine in­dig­na, dum quæ illi­cita sunt, vel supra vi­res suas, con­sec­ta­bitur, vel iis ma­lis, quæ frus­tra co­na­bitur effuge­re, suc­cum­bet.

Quis­quis ig­no­rat de­co­rum cujus­que rei et mo­dum, nec­non ritus offi­cia­que civi­lia, quæ so­cie­ta­tis hu­manæ vin­cula quæ­dam sunt, ac pro­prium cujus­que homi­nis de­cus et fir­ma­men­tum, non ha­be­bit is quo eriga­tur aut eva­dat vir gravis et cons­tans, et sibi ali­is­que uti­lis; la­be­tur enim as­sidue, fluc­tua­bit in­cer­tus, et ip­sius quoque vir­tutis, si quam forte adep­tus est, jac­turam aliquando fa­ciet.

Lin­gua cor­dis in­dex est; nec raro quidquid in toto la­tet homi­ne, brevis ejus­dem prodit ora­tio. Quocirca quis­quis non in­te­lli­git ser­mo­nes homi­num, sic ut apte dis­cer­nat quam rec­te, quam per­pe­ram quid di­ca­tur, non ha­be­bit quo perspec­tos ha­beat ip­sos homi­nes: erro­res illorum sci­li­cet, in­do­lem, con­si­lia, fa­cul­ta­tes.

Po­rro quis­quis hæc tria — Cœli, in­quam, providen­tiam, re­rum mo­dum, ip­sos de­nique homi­nes — probe cog­no­ve­rit, ita­que vixe­rit, ut huic cog­nitioni vita mo­ribus­que res­pon­deat, is om­nino dici po­te­rit par­tes om­nes rari sapien­tis, et qui longe supra vul­gus emi­neat, exp­levisse”. »

Con­fucio. Con­fucius Si­na­rum phi­lo­so­phus, sive Scien­tia si­nen­sis la­tine expo­sita, trad. del chino al la­tín por Pros­pero In­tor­ce­tta, Chris­tian Her­d­t­ri­ch, François de Rouge­mont y Phi­lippe Co­up­let. Pa­rís: D. Hor­the­mels, 1687.

« Quien no co­noce las ór­de­nes del Cielo y la Providen­cia, quien no cree que la pros­pe­ri­dad y la ad­ver­si­dad, la vida y la muer­te, etc. depen­den de la vo­lun­tad y del con­sejo del Cielo, y quien no re­co­noce que la luz de la ra­zón es un don que el Cielo hace a los mor­ta­les, y al cual hay que con­for­mar to­dos los mo­vi­mien­tos de nues­tra vi­da, como siendo la re­gla del mal y del bien, de lo que hay que huir y de lo que hay que abra­zar; se­gura­mente un hom­bre de tal clase no po­drá ja­más lle­gar a ser hom­bre de bien y sa­bio, lejos de eso, no dejará de ha­cer mu­chas co­sas in­dig­nas de un hom­bre, se lle­vará a co­sas que son ilí­citas o por en­cima de sus fuer­zas, y sucum­birá a ma­les que tra­tará en vano de evitar.

Quien ig­nora la com­pos­tura y la ma­nera de cada co­sa, las cos­tum­bres y los debe­res mutuos que son como los la­zos de la so­cie­dad hu­mana y el or­na­mento par­ti­cular de cada uno; no se ele­vará ja­más a na­da, y no lle­gará a ser un hom­bre de im­por­tan­cia, grave, cons­tante y útil a los suyos y a los de­más; sino que caerá con­ti­nua­men­te, flotará en una in­cer­ti­dum­bre per­pe­tua, y si in­cluso ha adqui­rido al­guna vir­tud, fi­nal­mente un día la per­de­rá.

La len­gua es la marca o el in­di­cio del co­ra­zón, y a me­nudo una pe­queña pa­la­bra es­capada des­cu­bre todo lo que un hom­bre tiene en el es­píritu; por eso quien­quiera no en­tiende los dis­cur­sos de los hom­bres, de modo que no dis­cierne jus­ta­mente cuán bien o mal a pro­pó­sito será di­cha una co­sa, no será capaz de co­no­cer el fondo y el in­te­rior de los hom­bres, sus erro­res, su na­tural, sus de­sig­nios, y hasta dónde se extiende o no se extiende su capa­ci­dad.

Ahora bien, quien­quiera co­nozca bien es­tas tres co­sas — la providen­cia del Cielo, la ma­nera par­ti­cular de las co­sas, el in­te­rior de los hom­bres, y quien se haya gober­nado de tal suerte que su vida y sus cos­tum­bres ha­yan res­pon­dido a este co­no­ci­mien­to, se po­drá ab­so­luta­mente de­cir que ha­brá cum­plido to­das las par­tes de un hom­bre ra­ro, sa­bio y muy por en­cima del co­mún. »

Con­fucio. Con­fucius, ou La Science des prin­ces con­te­nant les prin­cipes de la reli­gion, de la mo­rale par­ti­culière, du gouver­ne­ment po­litique des an­ciens em­pe­reurs et magis­trats de la Chine (Con­fucio, o La Cien­cia de los prín­cipes que con­tiene los prin­cipios de la reli­gión, de la mo­ral par­ti­cular, del gobierno po­lítico de los an­ti­guos em­pe­ra­do­res y magis­tra­dos de China), ma­nus­crito nº 2331, trad. in­di­recta del la­tín por François Ber­nier, se­gún la de Pros­pero In­tor­ce­tta, Chris­tian Her­d­t­ri­ch, François de Rouge­mont y Phi­lippe Co­up­let. Pa­rís, Biblio­teca del Ar­senal, 1687; reed. (pref. de Syl­vie Taus­sig, nota si­no­lógica de Thie­rry Mey­nar­d), Pa­rís: Le Félin, col. « Les Mar­ches du temps », 2015.

« Dsü di­xit: “Ig­no­rans man­da­tum haud eva­det vir prin­cipa­lis.

Ig­no­rans ritus haud ad con­sis­ten­dum.

Ig­no­rans verba haud ad nos­cen­dum homi­nes”. »

Con­fucio. We­rke des chi­ne­sis­chen Wei­sen Khun­g-Fu-Dsü und sei­ner Schüler, t. II (Obras del sa­bio chino Khun­g-Fu-Dsü y de sus dis­cípulos, t. II), trad. del chino al ale­mán y al la­tín por Wilhelm Schott. Ber­lín: C. H. Jo­nas, 1832.

« Phi­lo­so­phus ait: “Qui non ag­nos­cit Cæli providen­tiam, non ha­bet unde fiat sapiens. Qui haud nos­cit ritus, non ha­bet unde con­sis­tat. Qui non dis­cer­nit ser­mo­nes, non ha­bet unde cog­nos­cat homi­nes”. »

Cur­sus litte­ra­turæ si­nicæ neo-mis­sio­na­riis ac­co­mmo­da­tus, t. II. Studium cla­s­si­co­rum, trad. del chino al la­tín por An­gelo Zo­tto­li. Shan­ghái: Mis­sio­nis ca­tho­li­cæ, 1879.

« El sa­bio di­jo: “Quien no re­co­noce ni dis­cierne el or­den del Cielo no puede ser un hom­bre no­ble. Quien no co­noce los usos no se man­ten­drá. Quien no com­prende el sen­tido exacto de las pa­la­bras no puede com­pren­der a las gen­tes”. »

Les­lie, Do­nald Da­niel. Confucius (Confucio), es­tudio se­guido de Les En­tre­tiens de Con­fucius (Las Ana­lec­tas de Con­fucio), trad. in­di­recta del hebreo por Za­cha­rie Ma­ya­ni, se­gún la de Do­nald Da­niel Les­lie. Pa­rís: Se­ghers, col. « Phi­lo­so­phes de tous les temps », 1962.

Descargas

Grabaciones sonoras
Obras impresas

Bibliografía

Avatar photo
Yoto Yotov

Desde 2010, dedico mi tiempo a fomentar el diálogo entre siglos y naciones, convencido de que el espíritu humano está en casa en todas partes. Si comparte esta visión de una cultura universal, y si mis Notes du mont Royal le han iluminado o conmovido alguna vez, considere hacer una donación en Liberapay.

Articles : 336